Desde la Antigüedad hasta nuestros días, pensadores, educadores e investigadores se han interesado por los efectos de la música sobre la formación de la persona. El mismo Aristóteles, en su Política, reconocía que la música tiene el poder de moldear el carácter y que, por ello, debería introducirse en la educación de los jóvenes. Siglos después, aquella intuición no solo sigue vigente, sino que ha sido llevada al estudio e investigación de múltiples disciplinas, desde la psicología a la pedagogía.
Buena parte de la investigación y divulgación sobre educación musical se ha centrado tradicionalmente en los beneficios asociados al aprendizaje de un instrumento: desde la atención y la memoria hasta determinadas capacidades cognitivas. Sin embargo, existe otra dimensión menos conocida pero igualmente sorprendente en cuanto a sus efectos y es la que sucede cuando el alumno deja de tocar en solitario y comienza a interpretar música con otros, desde pequeñas agrupaciones de cámara a orquestas consolidadas.
Escuchar al otro, contener un impulso, esperar la propia entrada, seguir al director, coordinarse con los compañeros o trabajar por un resultado común son algunas de las exigencias cotidianas de la práctica orquestal.
¿Qué sabemos realmente sobre estos beneficios? Repasamos algunas de las principales evidencias científicas obtenidas en estudios realizados con niños y jóvenes que participan en programas de formación musical colectiva.
Autocontrol y control de los impulsos
1º Mejora del control inhibitorio-autocontrol
Uno de los estudios más relevantes al respecto es Short-Term Orchestral Music Training Modulates Hyperactivity and Inhibitory Control in School-Age Children: A Longitudinal Behavioural Study.
Publicado en Frontiers in Psychology, el estudio incluyó a 113 niños italianos de entre 8 y 10 años. 55 de ellos participaron durante tres meses de formación musical orquestal que incluyó una clase de algo más de 2 horas por semana en la escuela y un concierto final.
“Nuestros resultados sugieren que incluso un entrenamiento musical orquestal breve puede facilitar el desarrollo del control inhibitorio cuando está mediado por estimulación auditiva”, se lee en el estudio, encabezado por la investigadora Maria C. Fasano. En otras palabras, los resultados apuntan a que la práctica orquestal puede contribuir a entrenar la capacidad de frenar respuestas automáticas y regular la propia conducta.
2ºLos efectos aparecen incluso después de solo tres meses
También en el campo del autocontrol y control de los impulsos, el mismo estudio muestra que “un programa corto de entrenamiento orquestal de solo 10 sesiones a lo largo de 3 meses produce un efecto de transferencia en el control inhibitorio en niños de 8 a 10 años”. Algo que, según este informe, “puede tener importantes implicaciones para la pedagogía y la educación musical”.
Un ensayo con casi 3.000 niños refuerza los resultados
La relación entre práctica musical colectiva y autocontrol también ha sido analizada a una escala mucho mayor. Un ensayo controlado y aleatorizado estudió a 2.914 niños de entre 6 y 14 años que solicitaron su incorporación al Sistema Nacional de Orquestas y Coros Juveniles e Infantiles de Venezuela, conocido internacionalmente como El Sistema. La investigación se desarrolló en 16 centros y comparó a menores cuya incorporación al programa se produjo antes con otros que comenzaron más tarde.
Al cabo de un año, los niños del grupo de admisión temprana mostraron mayores niveles de autocontrol y menores dificultades de comportamiento que los del grupo de admisión diferida. Los efectos fueron modestos en el conjunto de la muestra, pero resultaron mayores entre algunos de los niños más vulnerables, especialmente entre varones expuestos previamente a situaciones de violencia.
El estudio resulta especialmente relevante porque, a diferencia de buena parte de las investigaciones anteriores, utilizó un diseño experimental aleatorizado y analizó un programa basado precisamente en la enseñanza y la interpretación musical en grupo. Sus resultados aportan así una nueva evidencia de que la práctica musical colectiva puede contribuir al desarrollo de capacidades relacionadas con la autorregulación y el comportamiento durante la infancia.
Atención y capacidad de esperar
3º Atención selectiva, atención sostenida y capacidad de frenar una respuesta
Otra de las conclusiones del mismo estudio es que los niños que recibieron educación musical tuvieron una clara mejoría en pruebas que requerían atención selectiva, atención sostenida e inhibición de una respuesta en curso. “Considerando que el programa de música orquestal seleccionado para este estudio está dirigido especialmente a niños con dificultades conductuales, sociales o psicológicas, estos resultados son alentadores y muy relevantes para las implicaciones pedagógicas”, se lee.
4º Por qué una orquesta puede entrenar atención y autocontrol
El estudio de Frontiers muestra una segunda evidencia relativa a la atención y al autocontrol: los niños que habían seguido el programa de música habían experimentado improvisaciones de llamada y respuesta que implicaban esperar una respuesta. El dato cobra especial relevancia si se tiene en cuenta que tenían que permanecer sentados quietos en la orquesta, “prestando atención constantemente a los estímulos multisensoriales derivados del director y los demás músicos”. “Tenían que hacer esto durante toda la duración del ensayo y llevar a cabo muchas otras actividades reglamentarias del programa”, agrega la investigación.
Del corto al largo plazo: los resultados de una orquesta juvenil de Los Ángeles
Los resultados obtenidos por Fasano y su equipo no son los únicos que apuntan en esta dirección. Investigadores del Brain and Creativity Institute de la Universidad del Sur de California siguieron durante varios años a niños que comenzaban su formación en la Youth Orchestra of Los Angeles (YOLA), comparándolos con otros menores que practicaban deportes y con un tercer grupo que no participaba en ningún programa extraescolar sistemático.
La investigación –Effects of Music Training on Inhibitory Control and Associated Neural Networks in School-Aged Children: A Longitudinal Study– resulta especialmente interesante porque, antes de comenzar el seguimiento, no se observaron diferencias previas en las capacidades cognitivas de los tres grupos. Los niños de YOLA recibían entre seis y siete horas semanales de formación musical colectiva, incluyendo práctica instrumental, canto y formación musical.
Tras tres años de entrenamiento, los niños del grupo musical mostraron una mayor capacidad para renunciar a una recompensa pequeña e inmediata en comparación con el grupo de control, a cambio de otra mayor que recibirían más adelante. También mejoraron significativamente su precisión en pruebas que exigían inhibir una respuesta automática después de tres y cuatro años de formación. Los investigadores observaron, además, diferencias en la actividad de algunas redes cerebrales implicadas en el control inhibitorio.
Para los autores, los resultados sugieren que los programas extraescolares sistemáticos —y particularmente la formación musical— pueden favorecer un desarrollo más rápido del control inhibitorio y de las redes cerebrales relacionadas con esta capacidad durante la infancia.
Empatía y comportamiento prosocial
5º Progreso en la empatía y la relación con los demás
Otro estudio especialmente interesante es Formación musical en grupo y desarrollo de habilidades prosociales en niños, publicado en octubre de 2015 en PLOS ONE por E. Glenn Schellenberg, Kathleen A. Corrigall, Sebastián P. Dys y Tina Malti. En este caso, los investigadores compararon a niños de entre tercero y cuarto de primaria que asistieron a 10 meses de clases de música junto a otro grupo de las mismas condiciones socioeconómicas.
Una de las principales conclusiones fue relativa a la mejoría de la empatía y el comportamiento prosocial. En comparación con el grupo de control, explican los investigadores, los niños del grupo de música mostraron mayores incrementos en estas variables. Este efecto se limitó a los niños que presentaban escasas habilidades prosociales antes de comenzar las clases, aunque “fue evidente incluso cuando las clases eran obligatorias”, lo que sugiere que la formación musical en grupo facilita el desarrollo de estas habilidades.
Funciones cognitivas: memoria, lenguaje, función ejecutiva y aprendizaje
6º Mejora en las funciones ejecutivas
Los investigadores plantean también que la práctica musical puede constituir una herramienta útil para entrenar determinadas funciones ejecutivas y favorecer la regulación de la conducta. En su discusión señalan que esos efectos podrían verse reforzados por el elevado grado de implicación que la música genera especialmente durante la infancia.
Cooperación, creatividad e interacción con los demás
7º Aprendizaje, iniciativa, creatividad e interacción con compañeros
El propio diseño de estos programas muestra además algunas de las capacidades que necesariamente pone en juego la práctica colectiva: iniciativa, resolución de problemas, creatividad e interacción constante con los compañeros.
“Además, el uso del aprendizaje informal y la diversidad de actividades musicales ofrecen a los intérpretes la posibilidad de expresar su propia creatividad musical a través de diferentes canales”; agrega el estudio publicado en Frontiers.