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La música puede llenar un auditorio… pero también una habitación: es solo una de las lecciones que el pasado 25 de junio aprendieron los jóvenes músicos de la Joven Orquesta Juan Pablo II en el Hospital Enfermera Isabel Zendal de Madrid.

Ya fuese en conjunto como orquesta, en agrupaciones individuales que pasaban por boxes y habitaciones, o en el fuero interno de cada músico impactado por el testimonio de los afectados por la Esclerosis Lateral Amiotrófica -ELA-, la jornada vivida supuso un aprendizaje único en nuestra andadura.

En uno de los reportajes gráficos elaborados por la Joven Orquesta, la voz de una de sus integrantes refleja que lo vivido en el hospital junto a los afectados por la ELA fue mucho más que música:

“Me acuerdo del final. Normalmente, cuando acaba un concierto, estás pendiente de recoger, guardar el instrumento, comentar si ha salido bien o mal… Pero ahí fue distinto, como si nadie tuviera prisa. Era como si el concierto hubiera acabado, pero todavía estuviéramos todos dentro de ese momento. Hemos tocado las mismas partituras de siempre, pero han sonado diferentes”.

Los alumnos y el testimonio de lo vivido responden por sí solos.

“Sabíamos que no solo veníamos a tocar. Que no iba a ser un concierto como otro cualquiera. Quizá porque cuando la música encuentra un propósito, deja de ser solo música, y se convierte en algo que acompaña a las personas”, mencionan desde la Joven Orquesta.

Ante situaciones de tanta dureza, los jóvenes músicos saben que ese diferencial trasciende por mucho lo meramente teórico.

Es algo que hay que vivir”, remarcan músicos y responsables.

¿Qué cambia respecto a otros conciertos? La luz, el sonido, la comodidad… Muchos aspectos desde el plano técnico. Pero, por encima de todos ellos, el público. “No estábamos pensando en cómo sonaban las notas. Estábamos pensando en quién las estaba escuchando”.

Solo al ser conscientes de las condiciones de un público afectado por una dolencia así, los jóvenes músicos llegan a sentirse más necesarios y desarrollados vocacionalmente en una pequeña habitación que en un gran escenario. Ese fue su gran aprendizaje, “que la música puede llenar un auditorio, pero también una habitación. Que puede acompañar, acercar, conectar, y que, a veces, unos pocos minutos de música significan mucho más de lo que imaginamos”.

Al mismo tiempo, esa lección distó mucho de ser teoría o simples palabras. Tenía rostro, nombres y apellidos que se omiten por intimidad, pero que quedarán grabados en el recuerdo y oraciones de los músicos.

«Me sentí en el Cielo: os tengo en mis oraciones»

Quizá por eso nos sorprendió tanto cuando sonó un teléfono de la administración. Al descolgarlo, apenas se escuchaba a la interlocutora, que pedía colaborar con nuestra iniciativa inscribiéndose como amiga de la orquesta. Todo cobró sentido cuando se presentó y dio sus datos: era una de las pacientes que nos había escuchado en el hospital.

Su caso no fue el único que permanecerá imborrable para la Joven Orquesta. Al terminar la actuación, una paciente de ELA avanzada quiso dirigirse al responsable. Sus ojos fueron tecleando lentamente cada palabra en el comunicador hasta formar una frase imposible de olvidar: “Feliz de conocerte. Gracias por venir. Me sentí en el Cielo”.

Fue el inicio de una conversación tan humana como conmovedora, en la que el gerente de la Joven Orquesta aseguró a la señora recordarla en sus oraciones. “Yo también te tengo en mis oraciones”, se despidió ella.

Fue uno más de los conciertos que, por cuidada que sea la técnica, la calidad artística e interpretativa o los medios disponibles, recuerdan que la música solo alcanza su verdadero sentido cuando toca el corazón, eleva la mirada y abre el alma a la caridad y la contemplación. Esperamos volver pronto.